Wanna feel the danger?
>> domingo, 21 de noviembre de 2010
but I won't be alone no how no way.
Now I've showed you what I'm made of".
MI MENTE, MI MEDIA NARANJA
"Porque nosotros tenemos la seguridad que saldremos, pero ellos se quedan dentro"
Con estas palabras daba comienzo otro de los reportajes de Callejeros, programa selecto en este blog.
El tema de ese episodio se llamaba "Cárcel", y consistía en que el grupo de periodistas iba a pasar varias jornadas en una cárcel, la más poblada de España, situada en León.
Las cámaras consiguieron enfocar al mundo la realidad vista desde dentro, desde la visión personal de quienes la padecen: los presos.
A pesar de la "buena imagen" de las celdas, la auténtica perspectiva se palpaba en el ambiente: habitáculos pequeños, sin apenas intimidad para la zona del baño, compartidos entre dos, etc.
Además, el centro penitenciario contaba diferentes módulos según el grado de conflictividad de los presos, o el sexo - puesto que también había un módulo de mujeres -.
Desde traficantes de drogas, prostitutas, ladrones, hasta algún que otro homicida convivían en ese espacio aislado del resto del mundo, pero con la capacidad de ofrecer varios servicios a tanto inquilino: zona de piscinas, talleres, peluquerías, gimnasios, bibliotecas e incluso un supermercado para aquellos cuyas familias les mandan dinero para poder comprar.
Sin embargo, a pesar de la gran profesionalidad y gusto que causó en mi el reportaje, no es precisamente de ese contenido del que trata esta entrada.
Lo verdaderamente sorprendente para mi de ese programa fue que también hubo hueco para el amor. Sí, para el amor.
Me resultó impactante como había parejas de presos. Chicos y chicas que se habían conocido en la cárcel, se habían enamorado, convivían diariamente.
Pero lo más increíble fue el hecho de saber que no se habían visto. Hablaban a través de la grieta de un muro que sólo dejaba hueco para las palabras, las risas y los sentimientos.
¡Te quiero! ¡Ya nos quedan sólo 2 añitos para estar en la calle y poder vernos!, palabras de uno de los presos a su novia.
Asombroso. Fue exactamente eso lo que más me atrajo del documental, el saber cómo el amor es superior a cualquier cosa. Como dos personas habían llegado a enamorarse a través de una pared, siendo muy importante el uno para el otro - puesto que no tienen a nadie más que les diga cosas bonitas -. Como entre tanto castigo, sufrimiento y derrota había un pequeño espacio para que creciera algo tan grande como puede ser un amor verdadero, resistente incluso a la ceguera, aguardando día a día el momento de salir libres, de ser devuelto al mundo y volverse mucho más fuerte.
Esto me pareció realmente una cura de humildad. El darse cuenta uno de que a veces, nosotros, pobres personajes libres, legales, tenemos conflictos de pareja, miedos, vergüenzas, caprichos.
Percatarse de que hacemos océanos con gotitas de agua, que nuestros amores siempre resultan frágiles. Y si es así, ya sé que es porque nosotros queremos. Porque si un amor puede sobrevivir en la cárcel, si ese caso nº 149562 triunfa, entonces no hay nada que pueda superarlo.
Recuerdo que las últimas palabras del reportaje fueron:
- ¿Alguna vez un funcionario trabajando aquí se ha enamorado de una presa?
(El funcionario reía).
Hace días que ningún tema se me atraviesa por las teclas.
Hace días que nada en particular me llama la atención, ¿acaso no ocurren cosas en el mundo?
Tantas, y tan poco tiempo para contarlas.
Muchísimos temas se me cruzan por la mente, por mis emociones y mis perspectivas. Pero a veces cuesta materializar todo aquello que sentimos, todo aquello que nos mueve por dentro.
Precisamente en los momentos que mejor lo pasamos, callamos.
Así de simple. Cuando suena una canción que nos gusta, nos limitamos a escucharla (obvio). ¡Y ojo con quien se atreva a levantar la voz! Básicamente necesitamos del silencio para comunicarnos con esa canción que nos revuelve, nos hace soñar, nos traslada a ese mundo donde quizás nos espera esa persona. O también cuando leemos, y más cuando leemos algo que nos gusta. Nuestros ojos parecen desbordarse, quieren poco a poco introducirse en las letras, mezclarse con ellas, hundirse en esos sentimientos que los personajes tienen, y nosotros no.
O cuando estamos a gusto, riendo, tonteando. Es en ese momento cuando no tenemos nada que decir, cuando tenemos a esa persona delante de nosotros, a unos escasos centímetros. Es ahí cuando, a pesar de pasarnos mil temas de conversación por la mente, callamos. Guardamos silencio precisamente porque así escuchamos los latidos de nuestro corazón, latiendo de esa manera que tanto nos emociona, de esa forma que sólo se percibe cuando se está en silencio.
Silencios.
Silencios.
Silencios.
Hay tantos tipos, tantas personas, tantas historias.
Pero el silencio es común para todos, tanto para los que disfrutan con él, como para los que temen por hablar. Es un espacio reservado para ti, donde estás únicamente tú: observando, soñando, llorando, cantando, saltando, latiendo; en definitiva, callando.
Sí, hoy me apetece dar las gracias.
Quizás el escuchar canciones bonitas, sensibles - o el mero hecho de sentirme yo así -
Esos mensajes inesperados, que te hacen reestructurarte de nuevo todo lo planteado. Con pocas palabras, y los efectos que tienen dentro de ti. Todo lo que causan, inmenso.
Y agradezco a todos aquellos que detienen parte de su tiempo en mi. A todos los que han pasado, trayéndome tantas cosas, haciéndome madurar, haciéndome llorar y haciéndome aprender. A los que están, que llevan mucho tiempo estando. Sin duda lo mejor, lo que inunda todas mis fotos, mis recuerdos, mis regalos, mis emociones. Esas cuantas personas que te alegran cuando te las encuentras inesperadamente en el centro de Sevilla, y las abrazas, y te gusta verlas - esto va para ti, italiana - y ni te das cuenta de el tiempo que pasa, porque ahora las ves menos, pero cuando las encuentras, no quieres que vuelvan a alejarse otros tantos días - a vosotros, que ya lo sabéis -.
Y los que acaban de llegar, esas personas con las que cada día compartes asiento, ascensor, clase y nuevas risas, renovadas. Personas que, sin tener confianza apenas, notas que encajas a la perfección. Gente que abre los brazos, te sonríe, se conecta contigo especialmente - quizás porque tenemos en común algo muy grande: nuestro futuro, nuestra meta -. Y quizás son ellos los que hacen olvidar los madrugones, las largas clases, la espera en el bus... porque son ellos quienes te obligan a ir, para verles, para reir de nuevo, para seguir conociéndolos, para aprender de sus manías, sus costumbres, sus opiniones - a vosotros, periodistas -
Y los que también acaban de llegar, pero juntos conformamos un hogar. Para nada igual que nuestra casa, para nada igual que nuestra madre. Pero cuyas risas, cuyas caras, hacen que un agobio, un mal día, un robo o un problema se disuelvan, e incluso se olviden. Porque nos contagias con tus pasos de baile flamenco, con tus puntazos, con tus zapateos, con tus chistes, con tu personalidad - a ti, jerezano -. Porque me alegras cada momento del día, porque tus caras son únicas, porque me gusta saber que estás a una puerta de distancia para poder contarte de todo, porque me encanta ir de compras contigo, al starbucks, a hacernos fotos, a chincharte. Porque eres tú, porque te conozco poco pero cada día me levanto con más ganas de conocerte y porque me encantas desde el primer día - a ti, idiota -.
¿A qué viene esto? No lo sé, sinceramente no lo sé, pero es lo que grita en mi ahora mismo. Porque prácticamente sois todos vosotros los que aportáis grandes cosas en esta nueva etapa, que es preciosa, increíble, maravillosa, pero para vivirla acompañado.
No sé, uno de tantos días sensibles del autor. Pero ahí quedan estos agradecimientos. Pocas palabras para todo lo que siento.

"Invierno, sátiro malhechor, hipotermia a la vida"
Con este haiku-estaciones, este mismo autor que ahora escribe, hace bastantes años atrás, a parte de iniciarse en la literatura, definió el invierno con estas pocas palabras.
Tras el paso del tiempo, y habiendo madurado en todos los sentidos - aunque algunos aún luchan por equivocarse - mantengo esa afirmación, eso sí, con un sentido un poco más amplio.
El invierno. Sin saber cómo ni por qué, sabemos perfectamente cúando llega.
Y no importa lo que diga el telediario, ni el Corte Inglés, ni el hombre del tiempo... no nos hace falta que nos pongan una fecha determinada, nosotros sabemos con total certeza cuando el frío verdaderamente traspasa nuestra piel, y nuestras emociones.
Nos levantamos, odiamos al despertador con todas nuestras fuerzas, y lentamente deslizamos uno de nuestros pies fuera de las mantas. ¡Qué momento! Miramos con nostalgia a la almohada, en espera de que nos hable ¡La almohada! y nos diga que nos quedemos con ella, con quien verdaderamente nos aporta ese calor que tanto nos gusta. Nos vestimos, lo más rápidamente posible, y aunque concienciados, al salir a la calle, al girar el pomo y pisar la acera, es en ese momento cuando realmente sentimos al Invierno.
Lo percibimos por una característica que no falla: el olor.
Algo tiene la calle, la humedad sobre los coches, el viento helado... Algo tienen. Y lo mejor es que cada persona tenemos un olor distinto. Increíble, pero cierto. Precisamente mi olor se asemeja al de las castañas asadas. Aunque no haya castañas siendo asadas cerca, pero aquello que huelo me recuerda a ellas, quizás en mi recuerdo hacia la cama calentita que he tenido que dejar atrás. Quizás porque las envidio: ellas, todas juntas, calentitas, en su recipiente, sin importarle nada ni nadie. Y sin tener que enfrentarse al invierno, que nos hiela poquito a poco. Sin embargo, lo mejor de esta estación se halla en eso mismo, en que nos obliga a buscar calor. Nos presiona para que constantemente nos refugiemos en cualquier cosa que nos caliente: un recuerdo, una canción, nuestra manta favorito, el abrazo de nuestra madre, unas carcajadas con tus amigos, un chocolate ardiendo frente a la chimenea... O simplemente un paquete de castañas asadas calentitas en tus manos heladas, porque al fin y al cabo cada uno tenemos nuestro invierno, nuestros olores, nuestros deseos - y estos últimos no se congelan nunca -
Polos opuestos. Todos, alguna vez, hemos tenido un imán en nuestras manos
. Todos hemos intentado unir dos piezas visualmente idénticas pero profundamente diferentes. Y todos nos hemos sentido así de atraídos alguna que otra vez.
Los polos opuestos, se atraen. ¡Qué gran verdad! Dos imanes unidos por sus iones opuestos darán como resultado la unión inmediata de ambos. Rápido, veloz, fugaz y sin dudas. Enlazan con una valentía tremenda. Simplemente, se atraen. Son como dos ingredientes que se mezclan, y dan lugar a otro mucho mejor. Y por eso no se quieren separar, por eso perduran unidos, imantados.
Sin embargo, a veces, creemos que cuando mejor compatibilizamos con el otro, cuando mejor acordamos nuestras vidas, nuestros gustos, nuestros deseos. Creemos que es ahí cuando, entonces, por arte de magia, nos amarraremos de una forma extraordinaria a la otra persona. Pero no, no siempre es así. En el caso de los imanes, los lados iguales no concuerdan, no compiten. Se rechazan, no se soportan. Por mucha intención que haya de querer unirlos, por mucho deseo interior de ambas partes, sucede que a veces es imposible. La naturaleza interior nos impide unirnos y duele darse cuenta. Duele pensar que jamás enlazarás tus sensaciones al otro, que jamás continuarás esa historia que creías predeterminada.
Y, sin embargo, un día te das cuenta que tus iones, sin saber cómo ni por qué, sintiéndote extraño y extremadamente estúpido, se quieren enlazar con quien menos imaginabas. Iones que luchan en tu interior, van en contra de toda tu razón, porque es imposible detenerlos. Es imposible pararles cuando encuentran su otro imán. Cuando una mirada, un gesto, un roce provoca una tremenda explosión interna, con un magnetismo tan grande que remueve todo lo que creías perfectamente estructurado en ti. Y, además, deseas arriesgarte y conocer esa nueva fuerza que te atrae, tan fuerte, como un imán.
Chocolate, chocolate con leche, chocolate amargo, a la naranja, a la trufa, a la fresa, a la menta, con avellanas, con pistachos, con coco, con licor, al caramelo, con frutos rojos, de café, de regaliz, de nata, de vainilla ...
¿Y en qué te fijas cuando eliges tu bombón?
En el envoltorio: Bueno, sí. Brillante, llamativo, luminoso, atractivo. La funda es muy importante porque, creemos, que lo que se muestra fuera se corresponde con lo de dentro. Vemos los bombones por su aspecto físico, sin pararnos a pensar que, al abrirlos, podemos decepcionarnos al darnos cuenta que hemos profundizado en algo que, a fin de cuentas, nos deja la boca amarga.
En el sabor: Bueno, sí. Si no te gusta el café, no vas a intentar coger un bombón que sea de café. ¡Habiendo tantos! Inmediantamente rechazamos del montón aquél que odiamos, que nos asquea. Para rápidamente seleccionar un sabor alternativo. ¿Café o coco? Sólo quedan dos. No tenemos más opciones. Y si no me gusta el café, tendré que optar por el coco, de todos modos voy a disfrutar comiéndome un bombón y, quién sabe, quizás el coco me haga olvidar las malas experiencias con el café.
En el recuerdo: Bueno, sí. No hay nada más gratificante que, una vez comido el bombón, limpiar los dientes con tu lengua, rescatar hasta el más mínimo trocito de avellana que tanto nos ha cautivado. No queremos que desaparezca de nuestro paladar, movemos las papilas, ansiosas de sentir de nuevo la mezcla del chocolate con tu ingrediente favorito. Y te da igual el color del envoltorio, y te importa poco si era de vanillia. Lo que te gusta es que tenía esos trocitos de avellanas que te vuelven loco. Esas pequeñas cosas que te hacen pensar en el bombón, que te sacan una sonrisa mientras fundes tu mente con su sabor. Mientras te imaginas repitiendo, pensando en encontrar otro momento donde tú y tu pensamiento favorito se vuelvan a juntar.
Bombones, tantos y tantos.
Y en el amor pasa absolutamente lo mismo. Debe uno de fijarse en los pequeños trocitos de avellanas de esa persona especial, sea cual sea su envoltorio. Sea cual sea su sabor.
"Y para gustos, colores". Cuantísimas veces nos han mencionado esa frase. Innumerables ocasionas nos han mostrado la existencia de un gran abanico de tonalidades en nuestra vida y, sin embargo, nos decantamos siempre por el azul. El del mar, el del cielo, el del BlueTropic, el del chupachups... ese mismo color enmarcado en nuestra mente. Y en nuestro amor. Nuestro amor es azul, pensamos. ¿Rojo? ¡Qué va! Azul. Siempre azul, como los príncipes. Creemos que la perspectiva humana de amor es azul. Buscamos personajes, moldes más bien, que se adapten a ese color, que se disuelvan perfectamente, que encajen en el prototipo, que fluyan simultáneamente al latido de nuestro corazón. Azules, como el corazón de Blancanieves, de Bella, de Cenicienta. Perfectos.
Y precisamente no nos damos cuenta, que no es así. No debemos buscar formas, sino piezas. Piezas de un puzzle, de nuestro puzzle seleccionado. Con muchas pequeñas cosas que nos gusten. Cosas que nos llamen la atención, que nos atraigan. Y formarlo. De todas esas pequeñas partes crear nuestro amor. Juntarlo todo con besos, con caricias, con miradas, con acciones. Y dar como resultado lo más bonito que podamos encontrar al despertarnos, y al acostarnos. Olvidar el azul. No. Nunca más el azul. Se acabó.
Es una pérdida de tiempo vivir buscando la adquisición de esa témpera celeste inalcanzable. No nos damos cuenta que el azul ya lo tenemos. No hay que buscarlo. Ya lo tenemos con nosotros. Tenemos la humana capacidad de teñir a cualquiera de azul. Cuando ese puzzle nos guste, entonces lo teñiremos. Sí, lo pintaremos de azul. Y no nos ha hecho falta buscar nada imposible puesto que la persona que queremos ya es azul. Ya no tiene por qué competir con nadie. Será azul para nosotros, sólo y exclusivamente para nosotros, sin que nadie pueda percatarse de su existencia. Esa persona que nos conquistó, con su personalidad. Esa personalidad que nos encanta, que nos hace pasar buenos ratos, que nos inunda de felicidad. Y que para los demás es normal, para nosotros ya es azul.
No dejemos pasar oportunidades. No olvidemos los retos. Quizás las piezas que nos rodean puedan llegar a formar nuestro puzzle azul. Sin embargo, si vivimos buscando el paquete formado, pasaremos por alto esos detalles que cada día nos dan motivos para sonreir.
Recordemos, las ranas, antes de ser príncipes azules, antes de ser besadas, eran verdes. Eran verdes.
Tal como una manzana, fresca y suave.
La fruta prohibida desde tantos años, ahí se mantiene, firme. Segura y decidida como siempre, como siempre. Mírala, obsérvala. Gírala entre tus manos, retoza sobre su piel granulada. Hunde tu dedo en sus dos polos. Arriba y abajo, arriba y abajo. Delicadamente saborea cada milímetro de su textura, muerde cada zona de su piel, absorve su almíbar. Dulce. Muy dulce para tu sedienta boca, la cual no se contenta con comérsela. Imagina, sueña, vuela con su forma, con su frescura. Mojada del agua, como esa gotera fría que se desliza por su curvatura. Que corre por su ecuador ansiosa de arrastrar consigo todo resto de olor y sabor. Sí, respira fuerte, relájate. Salta, retuércete, goza, mastica, engulle. Manzanas ¿quieres?
(Ahora sólo lo rojo)
"Sí, a ti. A ti que cuando ríes, iluminas el mundo.
Aunque no te lo creas, aunque no te apetezca para nada, pero haces grandes cosas con tu sonrisa".
No hay más palabras que añadir. Simplemente, gracias. Hemos superado la barrera de las 1000 primeras visitas al blog. Mil momentos que habéis querido dedicar aquí. Mil emociones mezcladas en muchas más letras que hoy se sienten orgullosas. Todo tipo de pensamientos, mis pensamientos. Otra visión hacia el mundo, probablemente diferente a la vuestra. Una manera de difundir emociones y sentimientos, que al menos mil veces han traspasado pantallas, teclados y corazones.
Yquetaldesdeotropuntodevista.blogspot.com agradece vuestras visitas.
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