Meshampú
>> martes, 5 de abril de 2011
Un anuncio.
Un trabajo.
Un esfuerzo.
Una dedicación.
Un cronómetro.
Un grupo.
Una amistad.
Un resultado.
MI MENTE, MI MEDIA NARANJA
Hoy vamos a hablar de babies. Sí, sí, de babies. Pero no del concepto que tenemos. Sino de otro más profundo, a la vez que repelente.
Parece que el Ser Humano, a parte de lo maravilloso y perfecto que es, posee también una cualidad que no puede obviar: los demás. Una atención especial al resto de semejantes, cómo interactúan, qué les sucede, cuántos cambios se producen en sus vidas, qué piensan de nosotros... Normal, estamos rodeados de nosotros mismos, y en épocas de crisis y aburrimiento, no queda otra que tratar de entender a los normal. Quizás hasta cierto punto somos capaces de sacar cierta lógica de todo esto, pero como siempre, como humanos, como asquerosas excepciones de la biosfera, existen ejemplares cuya existencia se basa completamente en la investigación asidua y permanente de la vida ajena (una forma sutil de llamaros cotillas de mierda, para que lo entendáis).
"Lo que haga mi mano derecha, que no se entere la izquierda" (La Biblia) ;
"Adam se tumbó en mi cama y estiró los brazos por encima de la cabeza. Toda su cara sonreía: ojos, nariz y boca.
- Toca conmigo - dijo.
- ¿Qué?
- Quiero que me toques como si fuera tu violonchelo.
Iba a suplicarle que no dijera tonterías, pero de pronto pensé que tenía sentido. Fui al armario y saqué uno de mis arcos de repuesto.
- Quítate la camisa - pedí con voz trémula.
Lo hizo. A pesar de su delgadez, era sorprendentemente musculoso. Podría haberme pasado veinte minutos contemplando los contornos de su pecho, pero él me quería más cerca. Yo también lo deseaba.
Me senté a su lado, de manera que tenía su largo cuerpo tendido ante mi. El arco tembló cuando lo dejé sobre la cama. Alargué la mano izquierda y le acaricié la cabeza como si fuera la voluta de mi chelo. Él volvió a sonreír y cerró los ojos. Me relajé un poco. Le toqueteé las orejas como si fueran clavijas y luego le hice cosquillas juguetonamente y él rió por lo bajo. Coloqué dos dedos sobre la nuez. Respiré hondo para armarme de valor y pasé al pecho. Recorrí el torso con las manos en toda su longitud, deteniéndome en los tendones para asignarle una cuerda a cada uno: la, re, sol, do. Los acaricié uno a uno con la yema de los dedos. Adam permaneció muy callada, como concentrándose en algo.
Cogí el arco y se lo pasé suavemente por las caderas, donde estaría el puente del chelo. Toqué con suavidad al principio, y luego con más fuerza y velocidad, a medida que aumentaba la intensidad de la canción que sonaba en mi cabeza. Adam permaneció inmóvil. De sus labios escapaban leves gemidos. Miré el arco, miré mis manos, miré el rostro de Adam y me sentí invadida por el amor, la lujuria y una desconocida sensación de poder. Jamás había imaginado que pudiera lograr que otra persona se sintiera así.
Cuando terminé, él se incorporó y me dio un largo y profundo beso.
- Mi turno - dijo entonces.
Hizo que me levantara y empezó por quitarme el suéter por la cabeza y bajarme un poco los tejanos. Luego se sentó en la cama y me tumbó sobre sus rodillas. Al principio no hizo nada más que abrazarme. Yo cerré los ojos y traté de sentir sus ojos en mi cuerpo, viéndome como nadie me había visto en la vida.
Luego empezó a tocar.
Rasgueó los acordes en mi pecho, haciéndome cosquillas, y reí. Suavemente movió las manos hacia abajo y entonces dejé de reír. Las vibraciones del diapasón aumentaban de intensidad cada vez que Adam me tocaba en un sitio nuevo.
Al cabo de un rato cambió a un estilo más español en el movimiento de los dedos. Utilizaba la parte superior de mi cuerpo como mástil, acariciándome el pelo, la cara, el cuello. Punteaba en mi pecho y mi estómago, pero yo lo notaba en sitios a los que sus manos ni se acercaban. Su energía iba en aumento a medida que tocaba y mi diapasón enloqueció, provocándome vibraciones por todo el cuerpo hasta dejarme sin aliento. Y cuando creía que ya no podría soportarlo más, el torbellino de sensaciones alcanzó un vertiginoso crescendo que excitó todas y cada una de mis terminaciones nerviosas"...
Si decido quedarme, Gale Forman
(próximamente, crítica)
Competir no es llegar primero, ni levantar antes la mano, ni reír antes o después, ni siquiera ver dónde te vas a sentar hoy...
Competir es, son tantas cosas. Competir es levantarte antes que suene el despertador (esos cinco minutos antes, o cuatro, casi siempre son cuatro).
Competir es entrar embelesado mientras te peinas y e intentar dar los buenos días a todas, a todas a la vez, y decirlo de verdad y dulcemente.
Competir es decirle cada día cada vez más lo guapa que están.
Competir es abrazarlas, morderlas, piropearlas.
Competir es que te digan que eres un osito, y te abracen fuerte luego.
Competir es tocarles el pelo, rodearlas con los brazos.
Competir es hacer tonterías en las clases aburridas, pintarlas, ponerles caras feas para que se rían de nuevo. Otra vez más.
Pero, además, competir es saber escuchar, saber hablar, saber dar el brazo a torcer, saber perdonar y saber tomarse la vida con un poco de humor, con un poco de cariño y con un beso en sus caras.
Relaciones
a distancia
los cuatro
contentos
:)

14 de Febrero.
No importa donde estés, no importa qué idioma hables, no importa con quién te relaciones ni tampoco si cae en lunes o domingo. No importa. En cualquier aspecto esta fecha se reconoce.
San Valentín. Y el lema: Día de los enamorados.
Precisamente porque la historia que protagonizó al santo consistía en casar clandestinamente a jóvenes enamorados. Y luego su martirio, su ejecución y su muerte ese 14 de febrero del 270 dC.
Hasta ahí la historia, el nombre, el lema.
Ahora más profundo, algo más.
¿Qué entendemos por amor?
Claro que importa y es bonito tener una pareja. Las caricias, los besos, el apoyo, los momentos juntos, las risas, tu otra mitad. Amor, quien lo probó lo sabe, ¿es o no?.
Pero el amor, fíjate si es un sentimiento tan grande, que precisamente abarca más que a las parejas. Y fíjate si el término "enamorado" es en sí tan amplio que no tiene que manifestarse solamente entre dos.
Amigos, familia y cosas que queremos. Sí, que queremos y que amamos (obviamente no con manifestaciones tan explícitas como con una pareja, pero esto se cuestiona). Desde mi punto de vista - lo que intento exponer siempre - quiero mucho a mis amigos. Esas personas que hacen que mi vida tenga un sentido completo, ese porcentaje que no puede faltar y con los que comparto experiencias y felicidad. Los quiero, a todos. Unos más antiguos, otros más nuevos. Unos que influyen más, otros no tanto. Unos que veo menos y otros con los que convivo diariamente. Pero los quiero, demasiado. Y tanto hoy como siempre les abrazo, beso, acaricio y soy feliz junto a ellos.
Las cosas, las manías. Amo ir de compras, salir de fiesta, comprarme rosas de vez en cuando, dormir calentito, tumbarme en los parques, el chocolate al caramelo del Starbucks, la canción que me gusta al máximo de volúmen, las cosquillas. También quiero estas cosas.
La familia. Los mil besos de mi madre, los abrazos de mi padre, lo chinchosa que es mi hermana, mi abuela cantando la misma canción tantas y tantas veces y siempre con la misma gracia, mis primos pequeños y sus sonrisas, los grandes y sus chistes. Ellos, siempre.
Todo esto, más la pareja, conforma el amor.
4 letras: a, m, o, r. 4 aspectos: amigos, familia, cosas, pareja.
Y eso es lo que no todos entienden, se centran en una cosa y celebran el día de hoy con un amigo, con su madre, bebiendo un chocolate o revolcándose con su pareja. Pero cuando se tiene todo, y he tenido la suerte de alguna vez aunar todos los aspectos, es cuando realmente sientes el amor.
Luego, lo del 14 de febrero como ritual obligatorio para mostrar sentimientos, bueno, eso ya es opcional. Hay quien ve algo falso buscar un día para declararte o para decir lo mucho que quieres a alguien pero, quizás, tampoco se paran a pensar que esas personas se aferran a este día para tener "más fácil" el valor de decir lo que verdaderamente piensan. Y claro que nos quieren siempre, pero tal vez sea en esta fecha cuando la sociedad, el mundo y nosotros mismos les facilitamos lo que - aunque triste - para muchos cuesta decir: te quiero.
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